Ahora que por fin he entrado en el LJ, la puñetera maquinita me avisa que hace diez semanas que no publico. Sabía que llevaba tiempo sin hacerlo pero no me había dado cuenta de que era tanto. Así que voy a publicar algo que escribí hace unos días (ya expliqué hace tiempo que yo escribo para acabar de entender el por qué de las cosas) y, aunque es una tontería, ni mejor ni peor que otras, ya que la hice tan elaborada he decidido no borrarla, destino habitual de lo que escribo, y utilizarla para mi regreso a este mundillo.
La publicación coincide con el regreso de mi corresponsal en Móstoles y no es casualidad. Su vuelta me ha animado muchísimo, que andaba yo bastante hundida por aquí y sin ganas de publicar ni de "ná".
Bueno, pues ahí va. Lo escribí el martes pasado y no tuve ánimos para colgarlo. Como tantas otras cosas. Pero tranquis, que no es una oda pastelosa ni nada por el estilo. Es, como siempre, una reflexión escrita para entender una situación.
Al final me he puesto a escribir algo para el LJ, a pesar de que mi moral anda como una colilla (por los suelos y pisoteada). Y es que se me ha juntado un roto con un descosido y así no hay manera ¡jolines! ¡que yo no quiero estar así!
Yo esperaba, contra toda lógica, que en este universo alternativo las cosas fueran diferentes. Que podría entrar cuando quisiera echar unas risas y olvidarme de los problemas de la vida real. Pero la vida real es implacable y me persigue para demostrarme su poder en todas partes, y a menos que me meta en vena cualquier porquería de esas que hacen alucinar, no hay manera de olvidarme de ella. Un ejemplo : mi corresponsal LJotera en Móstoles ha decidido aprovechar el “bono-hospital” como quien aprovecha un bono-bús y ahí anda, entrando y saliendo del hospital desde hace casi dos meses y teniéndome en un ¡ay! continuo (lo del bono-hospital lo dice ella, que tiene un sentido del humor desbordante, pero ¿qué voy a contar que no sepáis?)
En fin, a pesar de haber asegurado en mi primera entrada por este mundillo que no hablaría de depresiones, voy a explicar, con pelos y señales, mi síndrome post-vacacional. Y el motivo de que lo haya escogido para esta entrada, a pesar de mi declaración de intenciones, es bien sencillo : Se trata del más pequeño de mis problemas. Lo siento, pero es que me niego AB SO LU TA MEN TE a ponerme con los graves de verdad, que eso ya lo hago el resto del día y tal y como me van las cosas, lo único que soy capaz de explicar son penas, porque las alegrías (afortunadas ellas) se han ido de vacaciones.
El treinta y uno de agosto fue el día clave. ¡Se acabó lo que se daba! Claro que ya había recibido avisos y señales de que se acercaba el peligro pero, con mejor o peor suerte había conseguido inhibirme y hacer como que no me daba cuenta. Pero al llegar el treinta y uno… ¡Ahí sí! ¡Ahí no había salida! A la mañana siguiente tendría que ir a trabajar. Me entró una congoja digna de mejor causa y unas ganas de escaparme a cualquier parte como nunca había sentido. Y cuando digo nunca, quiero decir nunca. Nunca me había costado tanto volver al trabajo. De hecho, siempre volvía con ideas nuevas sobre como hacer esto y lo otro. Con propuestas sobre cambios y demás Este año ni una, oye.
El uno de septiembre fue un día para olvidar. ¡No me aguantaba ni a mí misma! Pero es que me hubiera dado de bofetadas. Porque yo me daba cuenta que estaba insoportable ¡como para no darme cuenta! Y mi forma de comportarme, abúlica y con cara de asco. ¡De bofetada continua, vamos! Tardé casi el doble en llegar al trabajo. Iba a cámara lenta. Estaba claro que no quería ir. Y todo el tiempo una sensación de angustia horrible. Pero lo peor de todo era la conciencia de estar haciendo el gilipollas. Porque a mí realmente, pero REALMENTE, me gusta mi trabajo. Además tengo buenos compañeros a los que conozco desde siempre, el jefe no actúa como un jefe sino como uno más y nadie cuestiona lo que hago. Me organizo el trabajo como me da la gana y encima, cuando algo no acaba de salir bien, nadie se pone a buscar culpables, sino que me echan una mano. Así que mi actitud borde total no hay por donde cogerla.
Finalmente me encerré en el archivo a pasar el día lo más a solas posible (tenía que quitarme de en medio porque, en mi estado, podía soltarle un moco a cualquiera, sin ningún motivo, y no era plan) y cuando volví a casa me eché a llorar directamente mientras me llamaba gilipollas y tonta del culo entre otras lindezas. Eso, señoras y señores, es un auténtico síndrome post-vacacional made in mi menda. No sé si son los síntomas del libro, pero son los que yo tuve (tengo aún, aunque atenuados).
Y ahora, que por fin he conseguido pensar en algo más que en excusas para no ir al laboro, creo que ya he descubierto el desencadenante de mis excesos emocionales. Una vez leí sobre un experimento sociológico en una universidad USA. Se les dijo a los estudiantes que iban a jugar a guardias y presos. A unos cuantos voluntarios se les asignó el papel de vigilantes. Se les dio una lista de horarios y normas y la autoridad para exigir al resto de los sujetos del experimento que los cumplieran. A los otros se les dijo que eran los presos, que tendrían que cumplir los horarios y las normas, y para que se metieran en el papel les colocaron a cada uno una pulsera en la muñeca. Al poco tiempo suspendieron el experimento porque a los del grupo de los “guardias” se les iba la olla y se creían con derecho a la humillación e incluso al sometimiento físico de los “presos” y entre los presos se estaban dando casos de depresión y una caída libre en el rendimiento académico. Recuerdo que cuando lo leí pensé que eso de que la gente se autosugestionase hasta creer que realmente eran presos por llevar una simple pulsera solo podía pasar en América. Que a los otros se les fuera la olla me pareció muy normal ya que todos sabemos que basta con darle una gorra a un cazurro para que se crea capitán de artillería y empiece a dar órdenes a mansalva.
Bueno, pues no es así, no señor. Tengo que admitir que me equivocaba. En lo del capitán de artillería no, en lo otro, porque yo me he pillado una depresión post-vacacional, no por una pulsera sino por el reloj. ¡El puto reloj! Resulta que me lo quité al empezar las vacaciones y no me lo puse ni una sola vez mientras duraron. Es más, me pasé el tiempo sin preocuparme de la hora para nada. Dormía cuando tenía sueño, comía cuando tenía hambre y no me preocupé ni del horario del cine (que no fui), ni de la tele (que apenas la puse) ni de ná de ná. Hasta el punto de ignorar si estaba en lunes o en jueves (bueno, eso ya me pasaba antes, que soy despistada total). Lo malo es que no pude evitar enterarme de que se acababan las vacaciones porque todos lo comentaban ¡Que! ¡Se acaba la buena vida! ¿Tu empiezas la semana que viene? ¿Verdad? ¡Simpática que es la gente! Y me empecé a cargar de angustia y a pensar que mi tiempo dejaría de ser mío, que tendría que ponerme el reloj y… En fin, que me amargaron viva los últimos días (así, así, échale la culpa al boogie y no a tu estupidez congénita) y al llegar el último, exploté.
Y todo viene a que no puedo decir que me haya divertido estas vacaciones. A ver si me explico, no lo he pasado mal, pero no me he divertido. Estaba tan cansada y con tantos agobios que mi actividad más habitual ha sido dormir más que las marmotas y para cuando me empezaba a recuperar y a tener ganas de ir aquí o allá, se habían acabado y el símbolo de ese fin era el reloj, que ya bastante poco me gusta de normal, pero al que ahora le he cogido un asquito…
Así que ya veis, el peor síndrome post-vacacional no viene por dejar de pasarlo bien. El peor viene por sentirse estafado y preso.
Ahora me voy a llorar un ratito a ver si entre el desahogo del escrito y el de las lágrimas se me pasa la tontería.
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